Cómo hacer maleta y no terminar con una mochila

Dice la conseja popular, que es muy sabia en temas cotidianos,

 que “por la maleta se saca al pasajero”

Como estamos en el mes de las vacaciones y para evitar que nos tilden de desorganizados, de improvisados, o de cualquier adjetivo despectivo, por dejar para última hora el hacer nuestra maleta, aquí les dejamos algunas recomendaciones a tomar en cuenta al momento de “armar” el equipaje viajero

Lo primero que necesitamos al momento de hacer una maleta es recibir buenos consejos, y aquí tenemos los de Blanca Tolón, conocedora  de esos temas, gracias a su experiencia en viajes.

Una vez decidido el destino de nuestras vacaciones – supongamos que son 15 días en una playa – y que ya hemos seleccionado una maleta, en este caso una  dura y rectangular, con tiras elásticas en su interior que mantengan la ropa en su sitio, debemos pensar en el viaje como un conjunto de eventos –la cena en un restaurante, el día de playa, las visitas a los lugares de interés de la ciudad, etc. – y recordar qué ropa nos pusimos la última vez que hicimos esas cosas.

 Sabemos de sobra lo que nos ponemos, y lo que no, y si metemos cuatro camisas extra “por si acaso”, solo conseguiremos añadir más peso a la maleta y tener que planchar la ropa al volver.

Si ya hemos seleccionado todo lo que llevaremos a las vacaciones, abrimos la maleta y empezamos por la toalla destinada al uso personal, y ésa, la colocaremos en primer lugar, estirándola para que ocupe el menor espacio posible, pero que nos sirva para amortiguar cualquier impacto.

En seguida procedemos con los pantalones, de jean, de vestir, shorts  en general serían 4 ó 5 prendas, de acuerdo al plan que tengamos para esos días de esparcimiento.  Estiramos cada pieza a lo largo de la maleta, colocando en cada ocasión la cintura del pantalón en lados contrarios.

 Los trajes de baños, ropa interior y los pareos los colocáremos en las zonas donde se sientan “huecos”  para así rellenarlos y darle mayor consistencia a la maleta.

 Concluida la sección de los pantalones, procedemos a colocar las camisas, blusas y franelas doblándolas por los hombros de forma natural, aprovechando el largo de la maleta.  Igual hacemos con los vestidos playeros, esos que no se arrugan con facilidad y los enrollamos como pergaminos, para colocarlos en los bordes de las maletas,  así le damos protección a otras prendas.

 Si debemos llevar alguna chaqueta elegante, rellenaremos los brazos con bolas de papel, cruzando los brazos hacia el frente. Plegamos la chaqueta a lo largo (por la línea de los botones) y la colocamos encima de todo.

Los zapatos los envolvemos en bolsas plásticas (para esto son ideales las que tienen cierre, como aquellas donde vienen las sabanas de la cama o las cortinas de baño, o las que usamos para congelar la comida y no permiten que salgan los líquidos), e igual podemos hacer con las joyas, bronceadores, medicinas, porque a la vez que nos permite tener todo junto, y no ensuciar la ropa, son buenas para visualizar  rápidamente su contenido

En cuanto a la ropa sucia, a la vuelta, la podemos meter en una o varias  bolsas, y las colocaremos en los  bolsillos apartes de la maleta, donde también podemos poner las revistas, papeles y otras cosas planas que debamos llevar o que compremos durante las vacaciones. 

 Los cosméticos que utilizaremos en el baño durante nuestras vacaciones los podemos trasladar en cómodos acordeones que una vez abiertos sirven para ubicarlos en una pared, o tenerlos a la mano.

Por último, colocamos nuestra toalla grande de playa encima de toda la ropa y enseres que llevamos, para concluir sujetando todo con las correas elásticas. Como recomendación  se puede poner un trozo de papel entre las correas y la toalla. De esta manera, ya la ropa no se moverá, aunque los que cargan las maletas hagan con ella lo que quieran. Un último dato a meter entre nuestras pertenencias está un costurero,  para cualquier eventualidad.

Antes de salir con nuestra maleta ya lista, debemos identificarla,  sea con una tira con nuestro nombre, una etiqueta de las que dan en las agencias de viaje, o con cualquier elemento que nos permita saber que ésa es nuestra valija.

Ahora sí, estamos listos para disfrutar de nuestras merecidas vacaciones, y si alguien hace algún comentario, de seguro será favorable, porque tenemos una maleta bien organizada.

Visión de un viajero inexperto

Cómo llegar a Medellín sin morir en el intento

¡Un bongo cruza el Arauca!, así comienza una de las novelas del escritor venezolano Rómulo Gallegos, y sin ánimo de imitar a este gran escritor venezolano, es la imagen que se me vino ala mente estando en el Terminal de La Bandera, en Caracas, un viernes a las 7 de la noche. 

 

Solo puedo decir que esa imagen vino a mi mente, al ver centenares de autobuses, unos buscando salida hacia occidente, otros buscando puesto para embarcar o desembarcar, y miles de personas buscando una salida o una entrada en el andén, hacia un nuevo horizontes, para ver a sus familias, alejarse de ellas, o simplemente para salir de la ciudad, para unas merecidos, o tal vez no merecidas, vacaciones. 

Pero adentro de La Bandera la situación no era diferente, las personas, de todos colores, formas, altas, bajas, morenas, indígenas, rubias, si, todo eso que llaman el crisol de razas, estaban allí buscando su autobús, buscando no perder a un ser querido, buscando salir de ese caos, en fin buscando y dejándose buscar por algo, o alguien. 

Y ahí, de medio de ese laberinto de personas, con maletas, grandes, pequeñas, bolsos, niños que lloran, olor a comida, perfumes que venden, y un gran número de etc., estaba yo, esperando salir en el autobús de Bus ven a las 7 de la noche para Medellín, rumbo Maicao. Por su puesto que era una mera ilusión tratar de salir a tiempo un viernes antes de semana santa. La realidad es que el autobús de esta empresa que con mi mismo destino debía partir a las 5 y 30 de la tarde, estaba iniciando su salida a penas a las 7 y 30 de la noche. El autobús mío llegó como a las 8 y empezó, eso sí, inmediatamente a cargar a los pasajeros que me acompañarían en esta travesía hasta Maicao, en territorio colombiano. 

Principalmente mis compañeros de viaje eran de la vecina República, que iban a visitar a sus familias, y mi compañera de asiento, era una dama con su nieta, niña que afortunadamente se quedaría dormida al iniciar la travesía, luego de comer unas galletas. 

Yo llegué a La Bandera, a las 5 de la tarde, iluso creyente de las horas de salida de los transportes, porque la señorita que me vendió el pasaje me dijo, ¡debe estar una hora antes!, y yo dije, nada debo estar dos horas antes por aquello de las colas y el congestionamiento de la gente. Así que por correcto para llegar a mi hora, tuve que esperar un largo tiempo, lo que me permitió hacer el pequeño resumen anterior sobre el estado en la Bandera. Pero lo más importante que muchos, y sobre todo, yo, se preguntará es ¿Qué hacia yo en La Bandera un viernes antes de semana santa? 

Toda historia tiene un comienzo, y esta no es diferente. Comenzaré contando que la situación política y económica de Venezuela no es la mismas de hace unos años, aunque el Gobierno insista en un crecimiento y un desarrollo que nos pone a la cabeza de Latinoamérica , por lo que consideré que, a mis 45 años, era necesario explorar otros horizontes, conocer otras realidades y buscar nuevas ofertas de trabajo, que como periodista con 20 años de graduado, ya no podía conseguir en mi propio país. 

Ultimados algunos pormenores, alojamiento, cómo llegar, etc., terminé comprando mi pasaje en Bus ven y así llegué a esta situación, esperar que el autobús llegara y nos montáramos para emprender el viaje, aunque con casi dos horas de retraso de su horario estipulado. 

Round de box 

Se me bajan todos, no quiero a nadie en la unidad.
Con estas palabras pronunciadas en perfecto acento colombiano, fuimos despertados – por alguien que se identificó como responsable de la línea- llegando a Barquisimeto, donde la unidad debía hacer su parada. Mi primera impresión, al estar dormido plácidamente, fue que tumbaron el gobierno, que hubo un golpe de estado, cualquier cosa se imagina uno a esa hora y en esa situación de estar en los brazos de Morfeo. 

Luego de este llamado a bajarnos, muchos nos opusimos, alegando que no íbamos a comprar nada y que preferíamos quedarnos descansando con el aire acondicionado que tan a gusto nos ponía. Una nuevas palabras del de acento colombiano – esta vez referidas a la obligación de bajarnos porque se han perdido cosas en los viajes – terminó de revolver mi alma y varios nos opusimos y yo le dije que ni somos ladrones, ni es el tomo de hablarnos, que era un falta de respeto, un mal educado, y cosas así. 

La reacción fue que simplemente dio media vuelta y se fue, pero nos llegó su venganza… no apagó la luz y nos dejó encerrados en el autobús mientras otros pasajeros y la tripulación comían. 

Luego de una hora, y con las luces encendidas todo el tiempo, comenzaron a subir los pasajeros, ignorantes del percance con el del acento colombiano. 

El viaje por la carretera de Valencia hasta el Zulia transcurrió con normalidad, salvo que la película que pusieron, de esas de violencia, no tenia audio, así que la mayoría optamos por dormir – porque quien ve una cinta sin sonido-. Nunca supe si la dejaron correr o si simplemente la apagaron, total el del acento colombiano ya se había vengado de nosotros de varias maneras. 

Son 10 X 3

Al iniciar la mañana del día sábado ya estábamos llegando al estado Zulia, y listos a pasar por el Puente sobre el Lago, el del acento colombiano, de grato recuerdo entre los pasajeros, gritó recojan 10 bolívares por tres y salió como quien asume que todos saben de que carrizos habló. Los más duchos en estos viajes ni se inmutaron, sacaron sus primeros 10 bolívares, mientras alguien piadoso, de esas personas que hay en todos lados, procedió a explicarnos a los ingenuos, que hay tres alcabalas, todos en el Zulia, que reciben lo que ellos llaman “colaboraciones” para evitar el engorroso trabajo de tener que revisar las maletas, con el tiempo de espera que conlleva eso. Así pues, y fomentando la corrupción en la Guardia Nacional, en complicidad con los propios choferes y personal de los autobuses, pagué esos 10 bolívares, que al final fueron entre todos los pasajeros, unos 400 mil bolívares.

Pero como siempre pasa, unos vivos, o más bien, vivas, se hicieron las locas, y alguien tuvo que poner el dinero por ellas, ya que las chicas que alegaban no pagar la “colaboración”, porque no llevaban equipaje.

 Para estar seguros que el dinero llegaría a las manos correctas, una de las damas recogió el dinero y en persona se bajó en el punto de control y entregó la “colaboración” al de la Guardia, para seguir nuestro camino.

  Esto sucedió una segunda vez, con igual resultado, unos no quisieron pagar, otros debimos, ahora si me tocó, poner unos 20 bolívares, para seguir en calma, y con mucho retraso ya, nuestro camino hacia Maicao.

  Hay un punto de control que no se puede eludir y allí se suben efectivos de Migración a revisar los documentos, y uno aprovecha para ir al baño, comer algo, estirar las piernas y a pagar el impuesto de salida de Venezuela, que varia de acuerdo a como esté en ese momento la unidad tributaria. En este caso específico, para los que gustan de los más mínimos detalles del viaje, fueron 65 bolívares.

A lo largo de esta travesía, y en especial en el estado Zulia, nuestro autobús fue detenido varias veces, no solo en las alcabalas formales o puestos de vigilancia, sino a lo largo del recorrido, por una variedad de cuerpos policiales, regionales, policía nacional, guardia nacional, ejército y un largo etc., que tenían como finalidad revisar los documentos, permisos de viaje de menores, legalidad de las cédulas de identidad, etc.  

Pero luego de todas estas cosas, ya casi habíamos llegado a Maicao, en la línea fronteriza, pero como dice el chiste…Hay más.  

El colmo de los colmos  

El último puesto de la Guardia Nacional antes de entrar en la zona limítrofe con Colombia, o La Raya, se llama Paraguachón, y no se puede decir que es una tierra de nadie, porque la Guardia Nacional de Venezuela tiene una fuerte presencia.  

Esa presencia es tan marcada que en esta oportunidad fue un efectivo el que se subió al autobús y luego de hacer una inspección visual, dijo en baja voz, pero suficientemente alto, como para que todos escucháramos bien: Son 40 por 2, y dando la espalda a los presentes, se retiró. Lo que amablemente el oficial quiso decir es que esta vez la “colaboración”, no lo olvidemos”, era de 800 mil bolívares.  

La situación resultó tan indignante que muchos, ya colmados la paciencia, decidimos no pagar y enfrentarnos al tedioso tema de la revisión de las maletas. Inmediatamente otros pasajeros refutaron nuestros argumentos, señalando que si no conseguíamos el dinero nos tratarían mal, dañarían las maletas, harían que el tiempo fuera mas largo de lo normal, argumentos apoyados por el representante de Bus ven, sí el del acento colombiano, además de una amenaza de que no nos dejarían bajar de la unidad si no completábamos la suma mencionada. Así que, al final, la tesis de pagar triunfo, y muchos tuvieron que poner ya no 10 bolívares, sino hasta 40 porque los otros nos negamos a semejante corrupción.  

Solventada la última “colaboración” pudimos descender de la unidad y mientras nos dirigíamos a sellar nuestros pasaportes, la unidad de Bus ven cruzaba la línea fronteriza y nos esperaría en Maicao.  

Para sellar el pasaporte, sea venezolano, o extranjero, para salir del país, se debe llenar una planilla, que amablemente lo hace por uno una joven, que también amablemente nos recuerda la necesidad de dar una “colaboración” por este trámite, aunque en este caso si es lo que uno pueda o quiera darle.  

En la taquilla, ponen el sello de Venezuela en el pasaporte, señalando que se abandona el país, y tras unos pocos metros de camino polvoriento, se cruza La Raya, y al fin estamos en Maicao, donde nos esperan las maletas.  

Puesto fronterizo Venezuela – Colombia

  

Decepción “Fuerte”  

Un tema que todo venezolano que viaje por primera vez por esta travesía debe conocer es el referido al cambio de la moneda nacional con respecto al peso colombiano.  

Antes de llegar a la frontera, se subió un cambia moneda que nos ofrecía comprarnos los bolívares por la suma de 0,28 pesos colombianos. Así como se lee, 0,28 pesos por un bolívar, lo primero que a uno se le viene a la cabeza es ¿Cómo es la vai….?, no se supone que el Bolívar Fuerte es en realidad una moneda de envergadura?. Déjeme decirle a los lectores que …No, el Bolívar dejó de ser una unidad monetaria que representaba algo.  

Con este primero choque “fuerte” y con la incredulidad en la mente, muchos dijimos que no, que al llegar a Maicao seguro encontraríamos una mejor oferta por nuestro signo monetario, aunque el cambia moneda insistía en que él era la mejor oferta.  

Al regresar a donde estaban las maletas en el autobús, uno se pregunta que hacer primero, ir al DAS para lograr el sello de entrada a Colombia o cambiar moneda, para comer y beber algo, porque ya eran cerca de las 12 del medio día del sábado, y sí, hacía hambre y sed.  

Luego de recorrer algunos lugares donde nuevos cambia monedas, con calculadoras y pesos en mano, nos demostraron que nuestro amigo inicial tenía razón, y era el que mejor oferta nos daba, ya que en tierra – por decirlo así – nos ofrecían cambiarnos los bolívares a 0,27 e incluso 026, y 0,25, así que regresé a donde estaba nuestro comprador inicial y le entregué 400 bolívares, me niego a decirles fuertes, y a cambio él me entregó 112 pesos colombianos, unos billetes más chicos que los nuestros, en tamaño, pero que valen más.  

Concluido el trámite cambiario, y tras degustar unos pastelitos fritos, de carne, pollo o jamón y queso, así como beber una gaseosa, dizque de manzanita, con un gran sabor dulce, mucho más que cualquier refresco venezolano, me dirigí a hacer mi cola en el DAS.  

La experiencia en esta dependencia colombiana, no dista mucho de ir a cualquier oficina venezolana: primero hay que hacer cola, luego se pasa a una sala donde se juega a la sillita, uno se pasa de silla en silla, mientras avanza la cola de personas que esperan ser atendidas en las dos únicas taquillas que están trabajando, cuando, al igual que en Venezuela, había 8 taquillas para atender a quienes querían sellar sus pasaportes.  

Unos 35 minutos de cola, y como 15 minutos de jugar a la sillita dieron como resultado que llegara a una de las dos taquillas habilitadas, y luego de preguntas como ¿profesión?, ¿Cuánto tiempo estará en Colombia?, ¿hacia donde va?, el funcionario del DAS estampó el sello más pequeño que había visto antes, pero que sin embargo, me permitía ingresar a Colombia legalmente.  

Al fin en Colombia

Ya con permiso para entrar en Colombia y con el pasaje comprado en Unitransco, y que me llevaría a Barranquilla, el destino más lejano al que se puede llegar de manera directa desde Maicao, para así seguir mi viaje a Medellín, me esperaba otra historia, de esas que si uno no está en el lugar de los hechos, no lo cree.  

Resulta que algunas de las personas que habían llegado a Maicao conmigo en Bus Ven vieron como al bajar las maletas de los pasajeros se vio la verdadera razón, o al menos una muy fuerte, de porqué tanta insistencia de pagar las “colaboraciones” a lo largo del trayecto, es que en esa unidad venían dos grandes bidones llenos de gasolina venezolana, y que ahora, en Maicao, ya en tierra colombiana, eran trasegados a unos bidones más pequeños que eran luego llevados, en carretillas, a otros lugares, que no vimos.  

Toda esta situación generó un descontento e inquietud en las personas, porque para algunos, habíamos pagado el contrabando de combustible, mientras que otros, más pesimistas, destacaban que todo el recorrido lo hicimos en una “bomba de tiempo” ya que esa gasolina estaba justo debajo de nosotros.  

Luego de otra historia más en este trayecto, y con los ánimos más calmados, auque sin haber comentado con más nadie estas observaciones – que no me la contaron, ya que yo mismo vi los bidones y hasta los más pequeños- logramos salir casi a las 2 y 45 de la tarde del día sábado. Llevaba ya 19 horas y aún faltaba un largo recorrido, tomando en cuenta que al preguntar, inocente yo, cuanto se tardaba hasta Barranquilla, me dijeron que unas 6 horas.  

El viaje entre Maicao y Barranquilla se puede considerar tranquilo en la mayoría del camino, algunos baches, pero principalmente se puede dormir tranquilamente, si como a mí, le toca el puesto del compañero vacío. Entramos en varios pueblos, algunos con mejores carreteras que otros y con paisajes de montaña y pequeños poblados con las mismas necesidades de los venezolanos, agua, viviendas en mejores condiciones, pero donde, a diferencia de nuestros pueblos del interior, se observa una actividad económica que no pasa desapercibida, por lo seguida y abundantes, llámense abastos restaurantes, pequeños y grandes negocios de construcción y de agricultura.  

Así y pasadas las 8 de la noche llegué a Barranquilla con la ilusión de comer algo caliente y conseguir un nuevo pasaje, esta vez para Medellín, punto de llegada de esta primera parte de mi aventura en tierras colombianas.  

Como Dios cuida a las almas inocentes, llegando a la Terminal de Barranquilla logré hacer conexión para Medellín en un autobús de Expresos Brasilia, y solo tuve que esperar dos horas, tiempo que aproveché para comer, revisar los correos de Internet ver el mapa de Colombia y detallar lo lejos que estaba aun de mi punto de destino y el largo trecho que llevaba recorrido en autobús.  

A pesar de que la unidad para Medellín debía salir a las 10 de la noche, otra vez iluso yo, resultó que a esa hora aun estaba en camino, ya que, según nos informaron, estaba retrasado porque había transito pesado desde Cartagena. Así que, nuevamente, a esperar y salir a una hora diferente.  

Resultó que el autobús de Expresos Brasilia llegó casi a las 11 y 30 y 20 minutos después emprendimos nuestro anhelado viaje, esta vez de 15 horas, para llegar a Medellín.  

Carretera de Montaña

Luego de dormir algunas horas y con los rayos d la mañana, del día domingo, me dediqué a ver el paisaje que me ofrecía este trayecto entre Barranquilla y Medellín, y aunque tenía muchas curvas, se ve que estábamos bordeando una gran y larga montaña, no dejaba de recordarme a otro paisaje, el de la Colonia Tovar, en el estado Aragua, que también es una suerte de serpentina montañosa, pero con agradable clima y una excelente vista de la vegetación.  

Volviendo al paisaje que me ofrecía este trayecto debo destacar que en los pueblos a los que entrábamos se veía el mismo denominador, personas trabajando, en sus casas, en las calles y todos ocupados de sus tareas, no había nadie haciendo política, lo que ya es tan común ver en las calles tanto de Caracas como de las ciudades del interior de Venezuela.  

Todos estaban buscando su desarrollo, pequeños negocios de construcción, otros de agricultura, mucha venta de comida para los viajeros, pero ninguna pancarta o avisos de los candidatos al Congreso de Colombia. ¿Será que ya los habían retirado o es otra forma de hacer política?, la verdad no lo sé, pero era agradable ver el paisaje sin toparme con pancartas y vallas con las imágenes de los políticos buscando votos, sean los de los colombianos, o como sucede a cada rato en mi país el de los venezolanos.  

Como una ironía no puedo dejar de destacar que mientras la campiña barranquillera me ofrecía un paisaje bucólico, nuestro autobús pasa la película “Diamantes de sangre”, que, sin contar el final, ofrece todo un panorama sombrío de la lucha en África, donde los niños son usados como soldados y aprenden a disparar y matar a otros ciudadanos, ironía tomando en cuenta que en Colombia esa fue, o es una realidad, en muchas partes.  

Mientras escuchaba las balas de mentira de la película veía aquel paisaje y no podía sino pensar en la inutilidad de las guerras, porque eso sólo beneficia a quienes la propician y no al pueblo, a la gente, y deja secuelas, que son difíciles de reparar.  

Afortunadamente, y sacándome de mis pensamientos filosóficos, el autobús llegó a una parada para desayunar o almorzar dependiendo del caso, en el mío sería para tomar los primeros alimentos del día, a pesar de que ya eran casi las 12 del mediodía.  

En esta parada pude comer algunos pasteles de carne y tomar una limonada, que para el gusto venezolano es más como guarapo de papelón, tanto por el color, más oscuro que nuestra limonada, y endulzado con papelón, en lugar de la azúcar blanca.  

Pregunté la hora y el tiempo para nuestro destino y me dijeron que solamente estábamos a 2 horas y 30 minutos de nuestro destino final.  

Al regresar al autobús la película de “Diamantes de sangre” no continuó, por un lado di gracias por no seguir viendo tanta violencia, pero sentí lastima por quienes no habían visto la cinta en el transporte porque se quedarán sin saber el final. Por cierto… el protagonista se muere.  

En lugar de la película, nos pusieron un video musical – cómico de unos humoristas que, con doble sentido, graban canciones conocidas dándoles su toque particular, así que el resto del viaje resultó de humor.  

Casi a las 4 de la tarde del día domingo antes de Semana Santa, la unidad de Expresos Brasilia hizo su arribo a la estación Terminal norte, es decir, que entre Caracas y Medellín tardé unas 45 horas, pero al fin había logrado la primera parte de mi cometido, ya estaba en Medellín, lo próximo era conseguir el hotel que me habían recomendado, e iniciar así un nuevo capítulo en esta aventura, pero…eso es otra historia.